"Pero... ¿qué le motiva a seguir adelante? ¿Por qué sigue con su vida? ¿Qué le mantiene al pie del cañón día tras día? ¿Por qué no ha mandado todo a paseo aún?". Las preguntas bullían en su mente, y por fin había sido capaz de formularlas de forma clara y directa, sin rodeos. Las respuestas que llevaba meses esperando estaban a punto de serle concedidas. Tantas noches sin dormir, tantas horas perdidas iban a alcanzar su final de una vez por todas.
"¿Que por qué sigo con todo ésto? ¿Que por qué no me he volado la tapa de los sesos hace años? ¿Que por qué me levanto todas las mañanas y no pienso en saltar por la ventana y poner fin a todo? He perdido todo lo que me importó alguna vez: mi novia, mi familia y prácticamente todo lo que me mantenía cuerdo. La vida es, como sabes, impredecible. Un día te levantas abrazado a tu chica y otro estás solo en una habitación de motel con la única compañía de una televisión de la época antediluviana y un reloj de pared destartalado. Eso es lo que me gusta de la vida, que nunca sabes dónde puedes acabar. Aunque esté solo sé que nunca perderé el rumbo, pues nunca lo he tenido. Aunque no tenga casa en la que dormir sé que el mundo siempre será mi hogar. Puede que en otra época me cuestionase todo lo que pasaba, pero ahora no."
El chico se quedó perplejo ante aquella declaración. Toda su vida había tratado de buscar un sentido a su existencia, pero aquel hombre le había abierto las puertas a un nuevo mundo, uno en el que estar solo no era una desventaja, en el que no había que buscar un significado a lo que ocurría a su alrededor, en el que podía sobrevivir.
El hombre encendió un pitillo con su gastado mechero y concluyó: "Creo que soy estúpido. O quizás sólo feliz".
Envidio a todos aquellos que, pese a tener una vida de mierda, son felices.